Hoy es el
día del periodista... Y pienso en aquellos (me sumo de a ratos) que por no
tener un lugar donde ejercer nuestra profesión igual vamos en busca de
noticias, de verdades, sonidos, imágenes y palabras.
Cada año uno
se para desde un lugar distinto, agradeciendo, denunciando, combatiendo, etc. Y
este es el primer año donde me posiciono en un lugar totalmente distinto:
quiero agradecer a mis compañeros locutores, productores, operadores, y de
diferentes áreas de la radio donde trabajo, que pusieron la voz y el cuerpo
frente a mi despido injustificado y lograron que hoy pueda celebrar un año más
adelante de un micrófono, laburando. Gracias infinitas! Me duele saber que como
yo hay cientos de casos más, radios que enmudecen y redacciones que se vacían.
Tengo mil
cosas para decir sobre este día tan especial... Pero quiero dejar que las
palabras sean sobre otros, historias que uno atesora sin ser propias.
Si me voy a
ir en palabras quiero que sea en esta historia, de un gran amigo, un bombero,
un padre. Apenas un vistazo al corazón de alguien que desparrama sonrisas por
todos lados. Un pantallazo de algún momento importante de su vida.
CARLOS ALBERTO SARMENTERO
Cuando digo
que soy periodista las personas se callan y me lleva algo de tiempo
convencerlos o demostrarles que sólo quiero contar historias. No vivo de
primicias ni escándalos, por el contrario, me nutro de esos momentos emotivos
por los que todos pasamos alguna vez en la vida, de “ese tiempo pasado que fue
mejor” o que al menos nos ayudó a construir este presente.
Con ganas de
hablar, de contar y con la necesidad de hacerlo… lo conocí a Carlos. Alguien
que habla mucho y dice poco, tal vez porque tiene atorado en la garganta más de
cuatro años de dolor, de impotencia, de bronca, de ausencias.
Dicen que en
la colorada todos los bomberos que suben son “un sólo cuerpo” y que regresan
los mismos que parten cuando suena el fierro.
El 5 de Febrero,
esa poesía se derrumbó y los escombros cayeron sobre el alma de cada bombero
del Cuartel I, del Cuartel III y de cada persona que sintió esa tragedia como
propia. Carlos tuvo que enfrentarse a una realidad que no avisó, que era una posibilidad,
pero no para ellos. Esa mañana de febrero, 102 se desplazó hacia Azara y
Quinquela Martín con todos su hombres, estando Anahí Garnica a cargo, pero
Carlos fue el único Bombero que regresó al Calaza, acompañado por una
psicóloga. Faltaban las risas al regresar de una salida, faltaban los chistes
pero aturdía y retumbaba el silencio en el autobomba que no se sentía imponente
como antes. Faltaban los bomberos que la hacían brillar, las anécdotas al
volver de cada intervención, faltaba el repaso de la salida y ver qué había que
mejorar en la forma de trabajo. Faltaban ellos. Y todavía faltan.
Facebook de
por medio, whatsapp y algún que otro pedacito de torta, hablé con el chofer de 102,
hablé con Carlos. Hablé? Habló él. Y hizo de todas las formas posibles: mirando
hacia la nada, cerrando los ojos, haciendo chistes, restregándose las manos,
arrugando la frente… Habló con el cuerpo y también con el corazón. El (entonces)
Cabo 1° de la Policía Federal Argentina registró con sus ojos todo lo
acontecido en Barracas. No se lo contaron, no lo vio de lejos, no lo sintió
como propio. Lo vivió. Acá sus recuerdos, sus dolores, sus risas, los momentos
compartidos con sus camaradas, las broncas, la tristeza, la impotencia y el
trabajo de toda una vida.
TREN DE SOCORRO FAMILIAR
Carlos tenía ocho años cuando entró a los Bomberos
Voluntarios de Garín, lo dejó al poco tiempo porque era muy chiquito, pero la
vocación permaneció intacta.
“Vivíamos a tres
cuadras del cuartel y cada uno en su casa, una al lado de la otra, cuando
sonaba la sirena salíamos corriendo todos. Mi tío, atrás yo y atrás mío mi
vieja, mi abuelo y mi tía, para ver que no me pase nada. Mi amor hacia Bomberos
viene de familia, mi abuelo, Alfonso Mayo era secretario y socio fundador, mi
tío Eduardo Mayo, Jefe del cuerpo activo y también socio fundador. Tuve un
intento de entrar cuando era muy chiquito, no se me dio en ese momento, dejé y
volví en el 96, aún estaba mi tío pero
mi abuelo había fallecido un año antes… podés creer que todavía tengo la imagen
de mi tío haciéndole RCP a mi abuelo?
En Garín es donde me
hice chofer y estuve hasta el 2003, donde tuve que dar un paso al costado
porque ya estaba en la Policía Federal, y ya no podía dedicarle el tiempo que
se merecía por la guardia en Bomberos y el adicional.
Entré a la escuela de
Sub Oficiales en 1999, fue todo un logro, porque siempre me faltaba algo, pero
lo hice. Eramos 82, una promoción loca, la Gloriosa 187, tercera compañía, tercera sección,
incorregibles pero leales. Nos daban media hora de instrucción, media hora de
joda y media hora de baile. Vivíamos en el piso ¡Ja! Recuerdo que estábamos a
mitad del curso cuando nos cambiaron los instructores, entonces nos amotinamos
en la compañía y sólo bajamos cuando volvieron los viejos instructores, por
ellos aceptamos y cuando venía el momento del baile decían ¡¡¡Tierra!!! Y
nosotros ¡¡¡Uuuuhhhhh!!!(como diciendo ¡¡¡que miedo!!!). Nos divertíamos
bastante, fuimos los únicos que quedamos demorados por comer las moras al
director de la escuela, un árbol que cuidaba con mucho cariño. También nos tocó
hacer el vallado de contención en el accidente aéreo de lapa en Aeroparque el
31 de agosto de 1999. Fui fusilero en la primera sección de honor rindiendo
honores a los caídos en cumplimiento del deber. Hice miles de cosas, la Policía
te da eso, hoy estás cumpliendo un servicio en tal lado y la otra guardia o en
el franco estás en una situación diametralmente opuesta.”
UN
BOMBERO NUNCA ABANDONA
“Conocí la camaradería
en mil momentos. En la escuela, como te contaba, todas las travesuras que
hacíamos eran en grupo, sé que no es el mejor ejemplo, pero te das cuenta que
aunque estés haciendo algunas cosas mal al menos las hacen todos. Nadie
abandona. Cuando nos hacían trotar… mis compañeros tenían que tomarme de los
brazos para no caer. Y eso, en Bomberos, es lo más importante. Sostenerse en
todos los aspectos. Recuerdo que una vez fuimos a llevar un bebé a la morgue
para una autopsia y me hicieron tomarle
las huellas de las plantas de los pies pero no pude hacerlo, hay límites que
uno tiene y debe respetárselos. No todos podemos hacer todo, por eso insisto en
el espíritu de camaradería, cuando uno puede siempre hay otro.”
LA FELICIDAD DE NO
SER MÁS “SARMENTERO”
Cuando le
pregunté a Carlos por un recuerdo feliz, mencionó algo curioso. Dijo algo sobre
dejar de ser “Sarmentero”, pero nada tenía que ver con la pérdida de su identidad,
por el contrario, desde ese día comenzó a sentirse más Sarmentero que nunca,
qué paradoja.
“Una vez estábamos hablando con Anahí
sobre un tema personal que estaba atravesando y ella me dice: “Vos sos buena
persona”, hizo una pausa de medio segundo, sonrió y agregó: “Carlos”. Me llamó
por mi nombre. Eso en nuestro mundo es confianza. Siento que ese instante nos
unió para siempre, vos decías 102 y era Garnica - Sarmentero.”
BARRACAS DUELE
Era una salida
más, como cualquier guardia. Suena el fierro, las corridas para cambiarse,
casco en mano, alguno poniéndose el chaquetón mientras se desplazan… Eran los
primeros saludos de la mañana. Los Bomberos del turno III se iban a sus casas o
a sus adicionales, como cada cambio de guardia, pero lo que sucedió horas
después confirmó que no era una guardia más, era la última.
“Ese día nos cambió la vida a todos.
Ese día nos tocó lo más íntimo de nuestros corazones, el dolor, el
desconcierto, la impotencia, sentir que nuestros compañeros se fueron como agua
entre los dedos, algunos quedaron de pie y es literal, paralizados, sin poder
reaccionar y otros fueron al rescate de sus camaradas, de su familia. El
desconcierto de los que quedamos rescatando a nuestros hermanos, nuestra
familia, fue intenso, es que uno como bombero ha visto de todo, pero este
escenario era muy distinto, tuvimos que rescatar a los nuestros, no hay escuela
de especialidades que te prepare para eso. Hay muchas cosas que no recuerdo
solo momentos puntuales y dos o tres personas con las que tuve contacto visual.
Tengo imágenes, vi bomberos llorando mientras seguían combatiendo las llamas,
sin comprender lo sucedido. Voluntarios, Federales, todos desesperados, sin
entender nada de lo que pasaba. Sólo removiendo escombros, negando la realidad…
estábamos buscando a los nuestros.”
ESTOS HOMBRES NO SE
VAN A IR
“No fue ni será fácil reponerse al
dolor, se sigue. Ahora quedan ellos, mis camaradas de Cuartel I, que pese al
dolor siguieron adelante, un bombero jamás abandona a un camarada y ese día se
notó, desde el Superintendente hasta el último bombero. El Secretario de
Seguridad, Sergio Berni, le dio la orden al Superintendente para que deje que
se queme todo y que no arriesgara más la vida del personal y éste le contestó
"Estos hombres no se van a
ir".”
EL REGRESO AL CUARTEL
La
vuelta al cuartel… entre la negación y la aceptación. Volver a recorrer pasillos
que se caminaron intercambiando miradas, charlas, discusiones, conocimientos y
la eterna guardia de 24 horas. Todos alguna vez atravesamos una pérdida que nos
marcó y sabemos que hay un brevísimo momento donde una parte tuya sabe que esa
persona no está allí, pero a la vez escuchas un tono de voz que te hace creer que
si está, que no se fue… o sentís una brisa que te trae su aroma, las risas o
algún recuerdo que te saca una sonrisa mientras te va desgarrando el corazón
cuando recordás que esa persona sólo va a volver en tus recuerdos. Cuando le
pregunté a Carlos cómo fue volver al cuartel, entrecerró los ojos, se mordió
apenas los labios y dijo:
“Creo que en realidad nunca volvimos, una
parte de nosotros sigue allá, yo digo que ese es nuestro lugar en el mundo. No sé
si es la respuesta correcta pero nunca nos fuimos, o por lo menos yo no me fui
del todo, fuimos testigos del paso a la inmortalidad de nuestra familia, esas
personas que convivían con nosotros todas las guardias. Uno está preparado para
socorrer a cualquiera en esta vida pero no a tu misma sangre, una parte nuestra
quedó con ellos ahí.
Estábamos con las Bomberos Daniela y Jenifer,
la ambulancia quería llevarse a Jeni al Churruca, y ella no quería irse pero
cuando llegamos a donde estaban las dotaciones me avisan que la División
Central de Alarmas nos ordenaba el regreso y aunque no queríamos irnos de ahí,
teníamos que seguir las órdenes. A esa altura de la mañana ya estábamos
agotados, desorientados, perdidos, trabajábamos totalmente en automático, y ahora
que me pongo a pensar… lo que parecieron
24 horas de trabajo, no llegaron a ser dos horas, porque ya al mediodía
estábamos en el cuartel.
El momento de la vuelta fue extraño, el Cabo
1° Pallero me dice que nos vamos, entonces voy a la cabina de 102 y lo veo al
Cabo 1° Yarte sentado en mi lugar, le
pedí que se bajara porque el chofer de 102 era yo, Julio (Pallero) me pregunta
si estaba seguro de volver manejando y le dije que si. Se baja Juan (Yarte) y
cuando subo a la cabina veo que se abre la puerta del lado por el que subía
siempre Anahí y Julio me dice “Gordo, ella es psicóloga y te va a acompañar”
La psicóloga se sentó en el medio, pero no en
el lugar de Anahí, me dijo que me concentrara en lo que iba a hacer, pero la
corté en seco y le dije: "Mirá: Anahí me decia que ella salía tranquila
conmigo porque yo la llevaba y la traía sin novedad, así que yo los traje y a
ahora los voy a llevar de vuelta al cuartel ¿Estamos?” Ahí mismo se calló, luego en el camino de
regreso me preguntó si estaba casado, si tenía hijos, trataba de sacar
conversación… mi celular no paraba de sonar, me llegaban llamados y mensajes de
todas partes pero a los únicos a los que les respondí fueron a mi primo y a mi
señora.”
Carlos tiene centenas de
salidas en su haber como Chofer, ya sabe que cuando entra al cuartel lo hace
marcha atrás, la visual siempre es la misma, pero ese 5 de febrero, la vida le
dio un giro a su perspectiva en todos los aspectos. Las maniobras que hacía
habitualmente ya no venían acompañadas del mismo escenario de cada guardia…
Esta vez, ingresar al Cuartel I, fue distinto.
“Por el espejo retrovisor empecé a ver a las
personas que estaban en el patio del cuartel, estaba 407 (primera dotación del
Cuartel IV, Recoleta – Ahora estación Cuarta) cubriendo jurisdicción. Paro el
camión, veo al segundo jefe del cuartel (el jefe estaba en el Churruca porque
sobre él cayó la pared), me bajo del camión y me dirijo a él para darle las
novedades, algo normal después de una salida, pero me frena con la mano, me
puse en posición de “firmes” y me di la media vuelta hacia el camión, en ese
momento me detiene Rubén Donadío, en ese entonces chofer de 407, me da las
condolencias mientras me abraza y me dice “Disculpame, gordo, no tenés un mapa
de la jurisdicción?”. Creo que eso simboliza lo que vivimos también esa mañana,
había que seguir actuando, no se podía frenar por nada. El Segundo Jefe nos
reunió y nos dijo “Sé que esto es muy doloroso para todos, que ninguno está
preparado para una situación así y que de esto se sale juntos”, de ahí nos
fuimos al comedor con dos psicólogos y un médico para hablar sobre lo sucedido,
cuando terminamos la charla, ya quedamos liberados para bañarnos y quedarnos de
civil para el franco, voy al camión a buscar mi mochila y el casco de Anahí,
que lo había escondido en la cabina porque era un casco personal, lo habían
comprado con Gabriel (la pareja de Anahí) uno para a cada uno. Cuando estoy
yendo me cruzo con un subinspector compañero de ellos dos, me pregunta por el
casco si sabía dónde estaba que Gabriel estaba al teléfono, le dije que lo
tenía yo y me pidió que lo guardara. En ese momento se acerca una ayudante,
María Eugenia, preguntándome por el casco, la había mandado el jefe a buscarlo
y le contesté “Digale al jefe que se perdió y si no le cree que me llame que yo
le voy a explicar por qué se perdió”. Me fui a bañar, nos quedamos hablando con
julio (Pallero) un rato mientras esperaba a Nancy, que venía a buscarme con mi
sobrino para irme a mi casa.”
LA PRIMERA GUARDIA
DESPUÉS DE BARRACAS
“Ese sábado 8 de febrero fue la
guardia más larga y tensa que viví. Al romper filas después del relevo de
guardia hubo que "arrear", por así decirlo, a todos para que
comiencen el día. Había una tensa calma, hasta que llegó la primera salida, fue
101 y un poco más tarde 102.
Fue una sensación rara porque pese al
dolor no podíamos dejar de pensar en aquellos que quedaron combatiendo y que
estuvieron a nuestro lado, los que seguíamos combatiendo sin entender que
sucedió y uno mismo que no sabía bien si todavía era un sueño del que no
habíamos despertado. Las intervenciones fueron muy particulares, nosotros
llegábamos al lugar y la gente nos
decía: “Pobres los bomberos que murieron el otro día", y no podíamos decirles que eran nuestros
compañeros.
Esa noche salió 102, y un Sub Comisario
de Comisaría 1ra nos dijo "Ah ¿ustedes son los del cuartel del incendio de
Barracas?", no me aguanté y le dije que sí, que éramos nosotros, que yo
era el chofer de Anahí, señalé a mis compañeros y le dije: “A ese que ves ahí
se le cayó la pared y quedó en pie, ella era una de las bomberos que lloraba
desconsolada y él era el que pedía a gritos que envíen unidades para rescatar a
nuestros compañeros”, al Oficial le cambió la cara y se fue. Ahí sentí que
había liberado cierta tensión.”
No sé cómo
era Carlos antes de esta tragedia, de este homicidio que aún está impune. Sólo
sé cómo es Carlos ahora, que se abraza a la vida a través del recuerdo que dejó
grabado en cada foto que sacó y en las anécdotas sin fin que cuenta una y otra
vez, riéndose de cada una como si la hubiera vivido hace 10 minutos. Se de su
gran amor Nancy, una compañera que lo ha apoyado en un sinfín de situaciones,
comenzando por soportar las ausencias 24x48 más los adicionales. Se de todas
las hijas que tiene por los caminos que va transitando, y que en los ojos de
cada una se refleja y también nos reflejamos nosotras en él, porque sabe leer
las miradas y las inflexiones, los tonos de voz y los gestos.
Carlos mira
todo, observa, se ríe, mientras que internamente una marea de conexiones
entiende el contexto y sabe cuándo callarse, sumarse, hablar o retirarse. Por
qué Carlos? No lo sé, calculo que pensé que era un puente para conocer a través
de sus ojos a Anahí, la muchacha que será siempre joven, con una sonrisa
apacible y un tono de voz firme y tranquilo, que vive en el recuerdo de todos
los que la conocieron. A medida que fui conociendo a Carlos, la entrevista que
quería hacer se fue desdibujando… pero a la vez, cada vez que nos veíamos lo
conocía un poco más. Eso que conocí intenté plasmarlo acá, quedan mil cosas por
contar, pero ya no tengo la necesidad de hacerlo, prefiero vivirlo y
disfrutarlo. Y llevarme conmigo las historias que tiene para contar, porque me
siento afortunada de estar en primera fila escuchando la sabiduría que tiene
para compartir.
Gracias, Carlos querido, por dejarme conocerte y compartir un pedacito de tu historia.
Magdalena Igenes
Día del periodista - 7 de Junio de 2018.